domingo, 16 de junio de 2013

Felipe vs La Malnacida Ola


Era el 2001 y yo tenía 7 años. Comenzaban las vacaciones de verano. Mis tías me invitaron a Jalisco a visitar el pueblo de donde mi abuela era originaria. Estaba muy emocionado, ya que sería la primera vez que iría a Autlán.

Pedí permiso a mis papás. Al principio no me querían dejar ir, pero después de un rato de insistir,  conseguí convencerlos. Mi mamá me ayudó a preparar mi maleta. Empacamos playeras, shorts, sandalias, ropa interior, traje de baño, bloqueador solar, etcétera.

Mi papá nos llevó a mis tías, a mis abuelos  y a mí a la Central del Norte. El viaje duraría 12 horas aproximadamente. Llegamos a un hotel, alquilamos una habitación, dejamos las maletas y sin perder más tiempo nos fuimos al centro de Autlán.

El pueblo era hermoso. Hasta donde yo recuerdo era un lugar colorido, limpio, rústico, con personas muy amables y deliciosa comida.

Estuvimos turisteando solo en el centro por tres días. Después mis tías me dijeron que me llevarían a otra parte de Jalisco, donde había playa y otros atractivos turísticos. Tomamos un autobús que nos llevaría hasta nuestro siguiente destino: Melaque, con su bella playa  Cuastecomate.

Tardamos un par de horas en llegar. El cambio de clima se sentía notablemente. El calor era mayor al que se sentía en Autlán; la brisa del mar se sentía en todo el cuerpo.

Recuerdo que me despertaba muy temprano para irme a jugar a la playa. Procuraba que mis tías no se dieran cuenta cuando salía silenciosamente de la habitación, para que no me dijeran: “Antes de irte a jugar vas a desayunar y esperar dos horas a que haga digestión la comida”. Eso me molestaba mucho.

Casi todo el día me la pasaba como pececillo en el agua, ya sea en el mar o en la alberca del hotel.

Todo estuvo genial en esas vacaciones, hasta que algo horrible y gracioso ocurrió. Era el último día que estaríamos en Cuastecomate, así que acompañé a una de mis tías a otra playa cerca del hotel. Le decían el Revolcadero y pronto averiguaría por qué. A simple viste el mar lucía tranquilo, así que me metí muy confiado. Estaba nadando tranquilamente, cuando de pronto sentí algo extraño: el mar comenzaba a agitarse. Mi tía me gritaba desde la orilla una serie de cosas que no entendía por el ruido de las olas. Por inercia giré la cabeza hacia atrás  y me di cuenta de que una enorme ola se formaba detrás de mí; sin exagerar medía como cinco metros. No supe qué hacer, así que mi única reacción fue sentirme Superman y tratar de detener la ola con una sola mano. La malnacida me revolcó. Sentía cómo todo mi cuerpo se raspaba en la arena bajo el agua. Con muchos esfuerzos salí a tomar aire. Estaba enojado. Salí echando de “madres” y me enojé un poco más cuando vi que mi tía moría de risa al ver todo lo que sucedió.

Ya un poco más tranquilo me fui a bañar y a preparar mis cosas para emprender el viaje de regreso a la Ciudad de México.

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