Era el 2001 y yo tenía 7 años.
Comenzaban las vacaciones de verano. Mis tías me invitaron a Jalisco a visitar
el pueblo de donde mi abuela era originaria. Estaba muy emocionado, ya que sería
la primera vez que iría a Autlán.
Pedí permiso a mis
papás. Al principio no me querían dejar ir, pero después de un rato de
insistir, conseguí convencerlos. Mi mamá
me ayudó a preparar mi maleta. Empacamos playeras, shorts, sandalias, ropa
interior, traje de baño, bloqueador solar, etcétera.
Mi papá nos
llevó a mis tías, a mis abuelos y a mí
a la Central del Norte. El viaje duraría 12 horas aproximadamente. Llegamos a un hotel,
alquilamos una habitación, dejamos las maletas y sin perder más tiempo nos
fuimos al centro de Autlán.
El pueblo era
hermoso. Hasta donde yo recuerdo era un lugar colorido, limpio, rústico, con
personas muy amables y deliciosa comida.
Estuvimos turisteando
solo en el centro por tres días. Después mis tías me dijeron que me llevarían a
otra parte de Jalisco, donde había playa y otros atractivos turísticos. Tomamos
un autobús que nos llevaría hasta nuestro siguiente destino: Melaque, con su
bella playa Cuastecomate.
Tardamos un par
de horas en llegar. El cambio de clima se sentía notablemente. El calor era
mayor al que se sentía en Autlán; la brisa del mar se sentía en todo el cuerpo.
Recuerdo que me
despertaba muy temprano para irme a jugar a la playa. Procuraba que mis tías no
se dieran cuenta cuando salía silenciosamente de la habitación, para que no me
dijeran: “Antes de irte a jugar vas a desayunar y esperar dos horas a que haga
digestión la comida”. Eso me molestaba mucho.
Casi todo el día
me la pasaba como pececillo en el
agua, ya sea en el mar o en la alberca del hotel.
Todo estuvo
genial en esas vacaciones, hasta que algo horrible y gracioso ocurrió. Era el
último día que estaríamos en Cuastecomate, así que acompañé a una de mis tías a
otra playa cerca del hotel. Le decían el Revolcadero y pronto averiguaría por qué. A simple viste el mar lucía tranquilo, así que me metí muy confiado. Estaba nadando tranquilamente,
cuando de pronto sentí algo extraño: el mar comenzaba a agitarse. Mi tía me
gritaba desde la orilla una serie de cosas que no entendía por el ruido de las
olas. Por inercia giré la cabeza hacia atrás y me di cuenta de que una enorme ola se
formaba detrás de mí; sin exagerar medía como cinco metros. No supe qué hacer,
así que mi única reacción fue sentirme Superman
y tratar de detener la ola con una sola mano. La malnacida me revolcó.
Sentía cómo todo mi cuerpo se raspaba en la arena bajo el agua. Con muchos
esfuerzos salí a tomar aire. Estaba enojado. Salí echando de “madres” y me
enojé un poco más cuando vi que mi tía moría de risa al ver todo lo que sucedió.
Ya un poco más
tranquilo me fui a bañar y a preparar mis cosas para emprender el viaje de
regreso a la Ciudad de México.
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